Los dragones de Komodo son animales peligrosos. Son los lagartos vivos más grandes del mundo, lo bastante potentes como para derribar presas grandes, y nunca deben tratarse como exhibiciones lentas de zoológico. Su tamaño es evidente al ver un adulto de cerca, pero lo que sorprende a muchos visitantes es lo silenciosamente que pueden permanecer a la sombra y lo rápido que pueden moverse en distancias cortas.
Por eso los visitantes en Komodo y Rinca van acompañados de guardaparques. Los guardaparques saben dónde suelen descansar los dragones, observan su lenguaje corporal, mantienen a los grupos juntos y usan palos largos con horquilla para crear espacio cuando es necesario. A los turistas se les indica que no se alejen, que no se agachen cerca de un dragón para hacer una foto, que no le den de comer y que no se acerquen a un animal sin permiso del guardaparques. Esas normas son prácticas, no teatrales.
Los ataques graves a visitantes son raros, en gran parte porque el sistema guiado evita que las personas creen situaciones peligrosas. La forma correcta de pensar en un dragón de Komodo es la misma que usarías con cualquier gran depredador salvaje: disfruta del privilegio de verlo en su hábitat natural, respetando la distancia que establecen quienes trabajan con ellos cada día.

